Imagino… luego existo

Imagino… luego existo

{mosimage}Me imagino a los pies de una estación de esquí pintada de verde, en el corazón de los Pirineos franceses. Allí respiro aire puro y me dejo llevar por los aromas que llegan hasta el lugar. Proceden de otra época, de otro tiempo. Se entremezclan las voces más antiguas, aquellas que nacieron cuando los cátaros presidían estos dominios… Y lo hacen con los sonidos más cercanos. Aquellos que me remiten a las dos grandes guerras que sembraron estos pueblos de nombres y apellidos sin retorno. Son sus muertos de guerra que se fueron luchando por la libertad que luego otros hemos disfrutado.

El castillo es habitable, sigiloso, familiar, entrañable… Lo “cuida” y lo mima con cariño un hombre de sombra alargada y rostro surcado por los avatares de la existencia. A su lado, su otra sombra, la perra Thaiga… me habla de la crudeza de las largas temporadas en soledad. Me lo imagino paseando por los alrededores, viendo pasar el tiempo. Él y su sombra. Su sombra y él… A la espera de que algunos caminantes quieran acompañarle en esas noches solitarias, al calor de sus fogones, compartiendo con él una suculenta cena.

El lugar está repleto de castillos con historia. Piedras que dibujan un horizonte característico. Allí en lo alto de cada cerro hay una fortificación que te remite a tiempos de gloria pasada. Me imagino entre sus murallas tratando de adivinar cuál hubiera sido mi destino de haber vivido aquella época… Y es entonces cuando me “despierto” en otro cerro, no menos majestuoso, en el corazón de Galicia, viendo como un manto de niebla cubre de blanco la línea fija del horizonte. O Cebreiros se merece eso y mucho más. Desde sus montes se divisa la esencia del pueblo gallego. En esas estoy, imaginando, cuando de repente la niebla se desvanece…

Pero sigo imaginando… Imagino un viaje en tren de esos que no aparecen en el mapa de la alta velocidad del siglo XXI. Me obliga a rememorar tiempos pretéritos, cuando siendo niño veía nacer y morir el día a bordo de una máquina que engullía kilómetros a cámara lenta. Pero el viaje vale la pena, porque me imagino con mis amigos en bicicleta, haciendo el camino… El Camino que me lleva a Santiago de Compostela, aunque interiormente yo anduve haciendo otro Camino: ese que todos llevamos dentro y que en algún momento de nuestra vida emerge para que te enfrentes a él…

Es verano, sigo de vacaciones. Sigo imaginando…