Fútbol base

Fútbol base

{mosimage}Les quiero hablar desde mi condición de padre. Padre de un niño de siete años que, desde hace dos temporadas, forma parte de la escuela de fútbol base de la Unió Esportiva Castelldefels. Solo me bastaron un par de meses de experiencia para percatarme, para palpar en primera persona, el alcance de la gran transformación sufrida por esta ciudad en cuanto a infraestructuras deportivas. El cambio cuantitativo y cualitativo es notable, sobre todo en comparación con la época que nos tocó vivir a los de nuestra generación, a los del “baby boom” de los 70. Hemos mejorado, y lo continuamos haciendo, en la red de instalaciones deportivas, en su mantenimiento, en su cuidado y también en la atención a los más pequeños. El progreso también lo percibo en la vertiente educativa, en la formación a través del deporte en una cultura llena de valores. Valores como la tolerancia, el respeto al rival, el espíritu de superación, de esfuerzo continuado. 

Es en momentos así cuando llego a estas reflexiones, que vuelve a resurgir con fuerza en mi interior  el gran sentimiento de orgullo, que imagino es compartido con muchos ciudadanos de Castelldefels. Nos sentimos orgullosos de pertenecer a su paisaje, a su estructura vital, a su columna vertebral. Y es en ese proceso de retroalimentación, en esa inyección de vida que tiene un doble sentido, de ida y vuelta, donde veo el futuro de la ciudad.

Aunque hay otro pensamiento que me persigue desde que iniciara esta etapa de mi vida, llevando a mi hijo semana tras semana a los entrenamientos en el campo dels Canyars, y desplazándome con él sábado tras sábado por toda la comarca. Aprovecho estas líneas para pedirle perdón. A él, a mi hijo, y a los centenares, a los miles de niños que practican deporte por todo el país, y que dedican muchas horas de la semana a esta actividad tan saludable. 

Perdón, disculpas por el papel no siempre acertado que juegan en esta historia algunos padres y algunas madres. A los padres nos toca ayudar a los más pequeños, llevarlos por el buen camino, acompañarlos en la búsqueda de esos valores que antes he mencionado. Y a veces los padres no siempre damos la talla, a menudo no alcanzamos el nivel deseado. A todos aquellos padres que cumplen correctamente, felicidades. Y un suspenso –ahora que se acerca el final de curso- para todos esos otros padres que, más que formar, lo que consiguen con ahínco es deformar el espíritu que debería alimentar la ilusión de sus hijos en la práctica de cualquier deporte.

Gregorio Benítez
benicoro@hotmail.com