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Dimecres, octubre 20, 2021
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“Poner los cuernos”

Me atrevería a decir que una de las expresiones más utilizadas es ésta. Todos lo hemos dicho en alguna ocasión, bien a modo de broma o burla, o totalmente en serio.
Si somos infieles o no por naturaleza lo dejo a la opinión de cada uno, pero lo que sí está claro es que es algo que sucede desde hace miles de siglos. Eso sí, hay que destacar que antiguamente solo se consideraba infidelidad si era la mujer la que se iba con un hombre que no era su esposo o prometido.
Si ese hecho salía a la luz, era castigada de numerosas maneras. La menos cruel podía ser cortar su larga melena (ninguna mujer llevaba el pelo corto) para así señalarla y que sufriera el desprecio y los comentarios despectivos de todo el pueblo. Otra manera aún más cruel era encerrarla de por vida, privándoles incluso de ver a sus hijos y con el único cuidado de algo de comida diaria.
Pero los hombres no. Ellos tenían una excusa perfecta para alegar no ser infieles. Resulta que ellos “tenían la necesidad” por ser hombres.
Volviendo al tema de los cuernos en cuestión, hay que decir que en muchas culturas eran símbolo de matrimonio. Resulta curioso el motivo. Hacía referencia a la idea de “animal salvaje domado”. No sabemos hacia qué cónyuge iba dirigido el apelativo.
Los cuernos unidos al hecho de infidelidad es algo que podemos ver desde los inicios de la civilización humana. Se dice que en la Antigua Grecia, Pasifae, esposa del rey Minos, se enamoró de un toro adorado en Creta y tuvo un hijo con él. El famoso Minotauro, con cabeza de toro y cuerpo de hombre. Desde este hecho se relacionó los cuernos con la infidelidad. Su caso fue obvio a la par que extraño.
También se habla de la Antigua Roma, cuando a los soldados se les daba un trofeo hecho con cuernos. Comenzó a usarse a modo de burla, ya que estos soldados pasaban años fuera de sus hogares y en muchas ocasiones habían sido cornudos sin ellos saberlo.
Otra teoría nos lleva a los vikingos del norte de Europa. El jefe de cada aldea tenía el derecho de poder yacer con cualquier mujer de su aldea. Cuando esto sucedía, el jefe colgaba de la puerta de la casa de la chica su casco de cuernos para informar y a la vez no ser molestado. En la mayoría de ocasiones, las mujeres estaban casadas o prometidas.
Algo similar comenzó a darse en la Edad Media en otros lugares de Europa, como España. Era el llamado “derecho de pernada”. Este derecho permitía a los señores feudales poder tener relaciones íntimas con cualquier mujer de su feudo. Incluso, robarle la esposa en la noche de bodas. Para indicar su acto, colocaban una cornamenta de ciervo en la puerta de la casa. Las prácticas llevadas a cabo por vikingos y señores feudales eran totalmente injustificables. Los esposos poco podían hacer por impedirlo, ya que sus vidas, trabajo y alimentos dependían de esos señores poderosos. No les quedaba más remedio que soportar tal injusticia. Y ¿qué decir de ellas? Que eran claramente violadas sin que nadie hiciera nada.
A día de hoy, seguirá existiendo el hecho de “poner los cuernos” y la existencia de cornudos. Lo harán o sufrirán por igual hombres y mujeres. Pero sobre todo recordad una cosa: ya no somos vikingos ni señores feudales, así que NO es NO.

Silvia García

estaesotrahistoria.wordpress.com
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