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Diumenge, setembre 19, 2021
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Y de la nieve, el hielo

Hemos comenzado el 2021 meteorológicamente fuerte. Filomena ha llegado arrasando la península Ibérica con lluvias, frío intenso, vientos y, especialmente, nieve. Mucha, mucha nieve. Dicen que es la mayor nevada en Madrid desde hace más de 60 años. Ha nevado casi en toda España, excepto donde yo vivo. En Barcelona ni un mísero copo que nos alegre un poquito la vida después de tanta tristeza que trajo el 2020.
A falta de nieve en las calles y saturación de ella en las redes sociales, he decidido indagar sobre ella y saber qué más ha ofrecido a lo largo de la historia además de paisajes idílicos.
Y es que es obvio que la nieve no es algo reciente en absoluto. Es más antigua que el hilo negro. Quizá lo que ha cambiado es la manera de disfrutarla o aprovecharla. Ahora la vemos como algo lúdico, nos gusta hacer muñecos de nieve, tirarnos bolas, lanzarnos en trineo o esquiar. Después está la otra cara menos divertida. La del caos que provoca dejando pueblos incomunicados, caos en las carreteras que se convierten en pistas de patinaje y las caídas en las calles de los más temerarios. Esto último sucede porque la nieve se transforma en hielo y deja de ser divertida. Ese hielo nos complica la vida, pero desde hace muchos siglos era una bendición para nuestros antepasados.
Se tiene constancia de que en Mesopotamia hace unos 4000 años o en la Antigua Roma alrededor del 200 a.C. ya usaban el hielo. ¿De dónde lo obtenían? Evidentemente de la nieve de las montañas.
Existía una profesión únicamente dedicada a esta tarea. Eran los neveros. El trabajo de estas personas era durísimo. Soportaban muy bajas temperaturas y sin los medios de abrigo adecuados como ahora puede llevar cualquier montañero. Su trabajo era recoger la nieve de las montañas, cargarla en sacos o cestas y llevarla hasta las neveras. Sí, sí neveras. Así se llamaban los lugares donde la depositaban para mantenerla sin que se derritiera durante meses. Solían ser pozos o unas pequeñas construcciones en piedra levantadas en zonas sombrías. Allí, se prensaba la nieve pisándola con instrumentos de madera para que se compactara y durara más tiempo en buen estado. Se cubría con hojas, paja o ramas haciendo diferentes capas.
A día de hoy aún se conservan en desuso algunas de estas neveras. Por ejemplo, en Mallorca existe una ruta conocida como las 42 “cases de neu” que fueron declaradas bien de interés cultural en el año 2004.
Pero, ¿cómo llegaba ese hielo a las ciudades? Pues se cortaba en bloques y se transportaba a lomos de caballos o burros durante la noche, aprovechando las temperaturas más bajas.
Tengamos varias cosas en cuenta. Puede resultar relativamente fácil en lugares donde la nieve o las montañas estaban cerca, pero es que también la hacían llegar en perfectas condiciones en zonas donde no había rastro de nieve. Eso sí, menos nieve, hielo más caro.
Este comercio de la nieve era especialmente demandado en verano porque, claro, a todos nos gusta beber algo fresquito. Los primeros que podían disfrutar de semejante lujo eran los reyes y nobles, por supuesto. Ya entre los siglos XVI y XX se fue extendiendo a toda la población.
Y es que uno de los usos básicos del hielo era hacer helados o sorbetes. Se dice que los chinos fueron los primeros en mezclar el hielo con fruta deshecha o con miel. También eran más que apetecibles las bebidas frías, y con el hielo aparecieron lo que llamaron refrescos. Vendedores ambulantes en el siglo XVIII ya vendían con éxito horchata de chufa y bebida de agua de cebada.
Pero el hielo tenía y tiene otros usos. En medicina era imprescindible su uso para bajar fiebres altas, parar hemorragias, como anestésico o antiinflamatorio. De hecho, nos seguimos poniendo hielo cuando nos damos un golpe para que no se nos hinche.
Y el uso más simple, por supuesto, era el de conservar los alimentos en buen estado. Antes de conservar el hielo se usaba la salazón, el adobo o el ahumado. Con el paso del tiempo, las neveras dejaron de ser aquellas tan rudimentarias y pasaron a estar enchufadas a la luz y presentes en todas las casas.

Las cosas no han cambiado demasiado, tan solo que en el siglo XX el hielo comenzó a hacerse de forma industrial y los neveros desaparecieron. El hielo ya no venía de la nieve de las montañas, y no es necesario que nieve para tener hielo. El pasado siempre nos enseña, así que aquel que desee aprovechar la nieve caída para prepararse un buen mojito seguro que lo disfruta.

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