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Dijous, desembre 2, 2021
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Historia de la ciudad a través de sus personajes

La historia de una ciudad es algo más que un relato fiel de acontecimientos y actos memorables. Son los ciudadanos quienes tejen la historia de una ciudad. Y la tejen, precisamente, con el fino y sutil hilo de la vida cotidiana para confeccionar un inagotable lienzo hecho a base de ansias de vivir, de sinsabores, de trabajos y sudores. ¿Acaso no es exactamente eso lo que Miquel de Unamuno (escritor y filósofo español) llamaba intrahistoria?

Por Linda López

Nuestra ciudad es un crisol de culturas que reparten solidaridad y acogida entre las más de 100 nacionalidades que convivimos e interconectamos día a día por las calles de Castelldefels. Pasear por el pueblo o la playa nos refleja ese aspecto humano y fraterno, de una población que surgió de 289 nativos en el año 1900 y que en el 2020 contaba ya con más de 67.000 habitantes.

¿Qué sientes cuándo tras varias semanas fuera de Castelldefels vuelves a todos esos sitios que te gustan? ¿O cuando saludas a aquellos que forman parte de tu vida indirectamente, o te cruzas con alguien que ya has visto más de un centenar de veces pero que no sabes nada de su persona?

Caminando por la calle Iglesia encontrarás a Cristóbal, uno de nuestros primeros y grandes deportistas paralímpicos, junto a Ángel, demostrando un espíritu de superación y eliminando las barreras arquitectónicas e ideológicas de la vida misma.

Otro ejemplo de lucha diaria es Antonio, el chatarrero de siempre, y el rumano Gica, antaño un ciclista profesional que se mueve de punta a punta con su característica bicicleta abanderada con los colores de Catalunya y del Barça, entre otros. No nos entendemos pero a veces me gusta hablar con él e intercambiar gestos y palabras.

Aparcar en la zona azul de detrás de la Iglesia es significado de visitar a Manolo que, con su sonrisa y perro siempre presentes, te ayuda a aparcar, te lava el coche por la voluntad y siempre me pide periódicos de La Voz para entregar a sus clientes.

He crecido observando a un chico, de edad desconocida, que desde el barrio de Vista Alegre baja a nuestro centro. Él es “El Jordi”, que da voces y conversa consigo mismo. Y de ese barrio compartido es imposible no recordar a Josefa Morcillo, la gran bailarina de la fiesta en la Plaza Juan XXIII.

Si seguimos por la calle Iglesia, nos pararemos en la Paca, gran mujer y símbolo de trabajo y esfuerzo que marca una época en la que vivir resultaba muy difícil y donde marroquíes, uruguayos, catalanes y andaluces comparten sus deliciosos cruasanes a la par que trabajan duro en busca de una vida mejor.

Si seguimos observando, nos cruzaremos con el vendedor de pañuelos, Toni, que no quiere que le saquen fotos, y que también comparte la terraza del bar con Ramón, que fue un gran cocinero de La Gioconda, La Canasta y otros restaurantes. Al final, la vida lo ha traicionado, pero sigue adelante.
A muchos de los amables paquistaníes los encontramos en pequeños supermercados o en muchos fogones de grandes restaurantes de nuestra ciudad. Y si queremos tener las mejores trencitas en el pelo, debemos acudir a las simpáticas mujeres de Senegal, como Bineta, donde las horas a su lado pasan fugazmente, y la podemos encontrar en Playafels o en el Paseo Marítimo junto con los top manta que llegan de todos los países de África anhelando un futuro esperanzador.

Podemos seguir viajando por el mundo a través de nuestras calles. Telefónica contrató en su día a muchos técnicos de Perú; los venezolanos reinventándose una vez más y haciendo un gran papel en los establecimientos de nuestra ciudad y luchando por salir de ese bucle político que los acecha en los últimos años.
Los rumanos sueñan con volver a su país, y los ecuatorianos son gente emprendedora.

Son muchas las asociaciones que existen en Castelldefels con un total sentido solidario cuyo objetivo es solo ayudar en los lugares de origen. Ayudamos lejos pero también al vecino de al lado, que con gestos responsables demuestra la predisposición a ayudar siempre al prójimo. Siempre con ese principio de hacer el bien sin mirar a quién o como la frase de Marie Curie: “La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones”.

Pero todo esto es una utopía, es la deformación de un arquetipo estereotipado de personajes irreales. Esta es una quimera de un sueño que se hace realidad en nuestra ciudad donde todos viven sobre el mismo techo. Como los niños saharauis y de Bielorrusia, que vienen de vacaciones a nuestro pueblo y son acogidos por familias con mucho amor y cariño.

Nuestros personajes, pocos, serán noticias o titulares de algún telediario, algunos pasan inadvertidos ante los ojos de los demás, pero el cariño o el amor se demuestran comprando un cupón a la vendedora de la Once o adquiriendo una pieza de bisutería a un vendedora ambulante o apoyando a esos trabajadores que recorren las playas vendiendo pareos para tomar el sol.

Pero en mi ciudad, donde yo nací, hay un personaje, especial y entrañable, aquellos que se cuentan con los dedos de una mano, “el fotógrafo del pueblo”. Aquel que durante el año va sacando muchas fotos pensando en el calendario solidario de cada año y que luego vende en el mercadillo para donar la recaudación a alguna ONG, como Open Arms i Solidaritat Sense Mons. Me refiero a Ramon Josa i Campoamor, Premio Ciudad de Castelldefels, uno de los ciudadanos que todos los vecinos reconocen por su gorra, su vestimenta de hippie de los años 60 y sus gafas de John Lennon. Él siempre saluda, aunque no te reconozca. Es otro personaje de existencia única, y difícil que se repita en nuestra historia una persona así.

Gracias a todos por ser signos de identidad, transformados en seres humanos que hacen de Castelldefels una de las mejores ciudades del mundo donde aprender, crecer y vivir.

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