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Dijous, desembre 2, 2021
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Cada otoño

Como cada persona es un mundo, en mi particular imaginario me tocará hacer mi doméstica renovación anual por otoño. Siempre ha sido así desde que tengo uso de razón, tal vez condicionado por los calendarios escolares que siempre interrumpían los veranos en los que te habías liberado de una escuela sombría en todos los sentidos de la palabra. Ahora me alegra ver a Lúa y Kalita felices por ir al Josep Guinovart. Yo, en cambio, acudía temblando.
La vuelta a la escuela siempre era traumática y no valía el socorrido consuelo de reencontrarte con los amigos, porque con ellos habías pasado todas las vacaciones.
Es evidente que no guardo buen recuerdo de aquella época, donde los castigos corporales eran algo frecuente, aplaudidos muchas veces por la propia familia. Como consuelo siempre queda saber que tenemos una memoria selectiva que suele recordar con preferencia los buenos momentos, así: las eras, las albercas, los paseos por el campo al atardecer, los primeros besos…, configuran lo que Rainer Maria Rilke dice es «La verdadera patria del hombre».
Y me gustaría recordar a Lorca en estos tiempos de pandemia, en las puertas de un ansiado verano y antes de ese otoño que, espero, me deberá renovar.
Estoy seguro de que más de un lector, si ha llegado hasta aquí, habrá pensado: «otra vez Lorca», y puede que hasta lleve razón, pero en muchos casos este hartazgo ha sobrevenido no por el poeta en sí, que sigue siendo mal leído y peor interpretado por los muchos imitadores, la mayoría pésimos, que han desvirtuado su obra y la han llevado a unos derroteros indeseables.
Voy a hablaros de «Poeta en Nueva York» –he vuelto a releerlo–, en donde vamos a encontrar a un Federico diferente en todos los sentidos en una obra críptica y de difícil interpretación, pero de una belleza recóndita y misteriosa. Federico nunca llegó a verla editada, ya que apareció cuatro años después de su traumática muerte.
Para intentar «comprender» este poemario, debemos tener algunas nociones sobre el surrealismo, uno de los movimientos artísticos más influyentes del siglo XX. André Bretón formuló sus principios en 1924 y lo basaba, en parte, en las teorías de Sigmund Freud, que defendía que el ser humano no sería libre si no conseguía aflorar el contenido de su subconsciente. Este subconsciente sí que se manifiesta en los sueños con libertad, pero es reprimido cuando estamos despiertos. Bretón plantea hacer consciente lo inconsciente y propone la escritura automática, dejar la mente en blanco e ir escribiendo los primero que acuda a tu cerebro, sin permitir en ningún momento, que intervenga la reflexión. Esto, para él, era el verdadero funcionamiento de la mente. Surgen, de este modo, metáforas inverosímiles, asociaciones de ideas que jamás hubiéramos pensado, imágenes inesperadas, palabras desconocidas, figuras fantásticas…, todo ello cercano al mundo onírico, y así estamos viviendo, entonces, la otra media vida que nos hurta cada día la vigila.
Sumergiros con «soledad sin onda», «curvas de aire», «niño pasado», «ceniza de nardos», «leves tallitos del canto», «vestido de caliente y piña»… Todo inesperado, utópico, laberíntico, pero todo especial, como suele ser el mundo de la fantasía y los sueños. Lo mejor de la vida.

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