El hombre y la playa

El hombre hoy ha caminado hasta la playa. Ha cruzado el puente que hay al lado de un supermercado y, por detrás de la estación, ha llegado hasta la avenida donde los plátanos exhiben la desnudez de sus troncos debido a la sequía. Después ha cruzado el puente sobre la autovía y ha estrenado una pasarela recientemente acabada. Al llegar a la playa (aunque ya sabía que era domingo y el tiempo era primaveral), se ha sorprendido de la cantidad de gente que había paseando junto a la arena disfrutando del cambio climático.
El hombre ha vuelto por la misma avenida y ha empezado a recordar cuando era un chaval y los domingos iba a la playa con su familia. La realidad se impone como una inmensa goma de borrar y nos cuesta recordar los espacios desaparecidos. Donde ahora hay un espacio lúdico con un barco de madera y un lugar destinado al divertimento de los perros, antes había un colegio y un restaurante junto a la arena.
El puente de la autovía no existía y había que pasar a la velocidad de un gamo cuando el semáforo daba la salida. Había unos pinos piñoneros que en verano dejaban caer sus frutos y el hombre (niño entonces) y su familia recogían unos cuantos que luego su padre cascaba en casa con un martillo para ser devorados por sus hijos.
Cruzando la autovía había una especie de quiosco que alojaba una oficina de información turística. La gasolinera tampoco existía, pero muchas de las casas y edificios que flanquean la avenida lo hacían ya en aquellos lejanos años setenta. Había un bar de copas con el nombre de una novela de Stendhal en inglés, cree recordar el hombre, pero no está seguro. También había un hostal que anunciaba un agradable reposo en francés. De todo esto podemos deducir que Castelldefels era políglota e intercultural desde hace mucho tiempo.
El hombre y su familia no podían volver por el puente del supermercado, ya que no existía. O se cruzaba por la estación o por el puente donde acaba la avenida de los plátanos nudistas. Solían pasar por un establecimiento que en su rótulo ostentaba dos aves muy bien vestidas y allí compraban un pollo asado para degustar tranquilamente en casa.
El hombre se da cuenta de lo difícil que es a veces recordar, ya que aunque los domingos estivales eran especiales, también se van diluyendo como la fina arena de la playa entre los dedos.
Esa arena que el niño que fue recogía con una pala de plástico de la orilla del mar y echaba en un cubo para luego volcarla cuidadosamente y convertirla, así, en una de las torres que adornarían el castillo. También le gustaba coleccionar las conchas de los moluscos que encontraba y algunas piedras que brillaban pulidas por el mar.
Este texto está escrito entre el humor y el amor. No aporta nombres comerciales ni de calles, pero el hombre sabe que los de su edad o más viejitos lo entenderán perfectamente. Los plátanos despojados de su corteza seguro que también se acuerdan de cuando no eran tan altos ni el narrador ni ellos.