Profes y maestros

El próximo 15 de marzo se estrena “Radical”, una película mexicana dirigida por Christopher Zalla en la que un maestro aterriza en un colegio de una ciudad fronteriza con Estados Unidos y llena de abandono, corrupción y violencia (la ciudad y, en menor medida, también el centro). El docente planteará una forma nueva de educar, centrándose en los intereses de los alumnos, en sus potenciales y, sobre todo, en una entrega personal absoluta a su trabajo. La película tiene ese punto de buen rollo, de historia de superación, de lucha contra las adversidades y de compromiso personal y humano que tan bien pintan en pantalla; pero lejos de los melodramatismos, las exaltaciones del líder, del falso “si quieres puedes” de los yanquis, el film se mantiene en un tono realista, natural y creíble que lo eleva y lo convierte en una obra notable.


Y prácticamente lo mismo puede decirse de “Sala de profesores” de Iker Çatak, producción alemana nominada al óscar como película internacional y al goya como película europea. Y de “El maestro que prometió el mar” de Patricia Font, que nos narra la historia de Antoni Benaiges, profesor republicano asesinado al inicio de la Guerra Civil, nominada a cinco premios Goya, entre ellos al mejor actor a Enric Auquer.
Son estas tres películas un claro ejemplo, y síntoma, de que el cine está cambiando su forma de retratar a maestros y profesores. Se está olvidando de chavales que lanzan bolitas y aviones de papel cuando el maestro no está, de grupos de alumnos que responden de forma poco realista a los estímulos del nuevo profe enrollado y encantador, y de espacios en los que únicamente se lee literatura, se hacen redacciones de alto contenido dramático o se expone el eterno proyecto sobre volcanes.

A la cabeza de esta movida “renovadora” van los franceses, con experiencia desde las obras de Truffaut (“La piel dura”, 1986) o Louis Malle (“Adiós, muchachos”, 1987) y con títulos más recientes y muy potentes como “La clase” (Laurent Cantet, 2008), “Profesor Lazhar” (Philippe Palardeau, 2011) o los extraordinarios documentales “Ser y tener” (Nicolas Philibert, 2002) y “Hoy empieza todo” (Bertrand Tavernier, 1999). En este somero listado habría que incluir clásicos como “Rebelión en las aulas” (James Clavell, 1967), “If” (Lindsay Anderson, 1968) o “Semilla de maldad” (Richard Brooks, 1955); y verdaderas obras de arte como “La caza” (Thomas Vinterberg, 2012) o “La lengua de las mariposas” (José Luis Cuerda, 1999).

En estos tiempos en que la figura de profesores y maestros se ve tan vilipendiada, desprestigiada y agredida en el plano corto, va bien que el cine se deje de tópicos tontos (Santiago Segura todavía no se ha enterado, por cierto) y ofrezca retratos realistas, comprometidos, crítico y constructivos.