Poemas de hospital (II)

VII
Veo al sol de la tarde
deslizarse feliz sobre las tejas,
parece un niño travieso jugando
en un viejo y rojizo tobogán.
Mi padre las llamaba tejas árabes,
recuerdo que cubrían
la casa familiar de mis abuelos.
Humildes protegían
de la nieve, de la lluvia y del viento
el cariño y el fuego.
Era de barro cocido su alma
como de tierra húmeda y de paja
las paredes de esfuerzo
en que se sustentaban.
Paredes que le dieron
a mi infancia el amor y la memoria
de todo lo que es bueno y hermoso.
Y este sol de la tarde
que ahora se desliza
sobre unas viejas tejas
es símbolo del tiempo
que se convierte en suave tobogán
por donde sin remedio
resbala nuestra vida
y nos lleva al pasado y al recuerdo.

VIII
El arbusto medra al sol
en una esquina imposible,
en un rodrigón de luz
apoya sus firmes ramas
y en unas tejas de barro
se alimenta de la lluvia.
La vida a veces encuentra
insospechadas maneras
de abrir tenaces caminos
buscando la permanencia.
Estos versos de hospital
son también como ese arbusto,
se sostienen en el aire
levísimos como plumas
y buscan ese resquicio
en las paredes del alma,
ese puñado de tierra
que les permita vivir
más allá de la tristeza.

IX
Estas flores de invierno
en este día triste, gris y ocre,
esperan un pincel impresionista
dibujando la lluvia.
Sus pétalos son tímidos
y asustados se esconden de la luz
de la cercana primavera.
Estas flores del final del invierno
son apenas visibles
para los ojos tristes y cansados
carentes de esperanza.
Pero los ojos ávidos de vida
son sensibles a sus mínimos pétalos
y mirando felices agradecen
ese atisbo de luz.

X
La ola cuando llega,
la arena arrastra hasta la orilla.
Cada grano que besa nuestra playa
es vivencia azarosa
que acaba conformando nuestra vida.
Cuando se va la ola
buscando bajamares de la luna
se lleva hacia lo hondo
los días con sus albas y sus noches.
Entonces cada grano
se convierte en recuerdo,
en brizna de memoria
que va enturbiando el agua.
Solo la sal del mar
a veces convertida en una lágrima
puede hacer el milagro
y conseguir que esa arena perdida
se adhiera a nuestras manos
y retengan el tiempo
como en un cuenco mágico.