Educador infantil, psicomotricista, coach y cantante, Jordi Agustí Casado debuta en la narrativa con » La Vida es una Maravillosa Sincronicidad», una novela profundamente humana que invita a detenerse, mirar hacia dentro y reivindicar el valor de la infancia y la vejez. A sus 50 años, el autor y vecino de Castelldefels convierte una vida dedicada a las relaciones humanas en un relato lleno de honestidad, humor y sensibilidad

Jordi, vienes de un recorrido vital y profesional muy diverso. ¿Cómo llegas a la escritura de tu primera novela?
En realidad, escribir ha sido siempre un sueño latente. Mi trayectoria como educador infantil, psicomotricista y coach me ha situado desde muy joven en espacios donde la emoción, la escucha y el vínculo humano son centrales. A los 50 años sentí que era el momento de dar forma a todo ese aprendizaje y transformarlo en una historia que pudiera llegar a otras personas.
La Vida es una Maravillosa Sincronicidad tiene como protagonista a Álvaro, un anciano al final de su vida.
¿Por qué elegir ese punto de partida?
Porque los momentos que he tenido la suerte de compartir con personas de la tercera edad me han enseñado que es un lugar de enorme lucidez. En este caso, tomo al personaje de Álvaro, quien, ya retirado y habiendo dedicado su vida a la primera infancia, se permite mirar hacia dentro y repasar su camino vital con honestidad y emoción. Creo que, desde ese final aparente, la vida se muestra con más claridad. Me ha parecido oportuno, real y justo otorgarle esa virtud. Me ha gustado hacerlo.
La novela recorre todas las etapas de la vida, pero se detiene especialmente en la infancia y la vejez.
Sí, porque son las etapas más vulnerables y, paradójicamente, las más olvidadas. Los niños y niñas en sus primeros años y nuestros mayores merecen mayor reconocimiento social.
Representan lo que un día fuimos y aquello que, con suerte, podemos llegar a ser. Es algo que olvidamos con frecuencia, y me parece un error. Por eso, la novela quiere ponerlos en el centro.
Hay valores muy claros que atraviesan el relato: ternura, rebeldía, sentido del humor…
Son ingredientes irrenunciables para mí, también en la vida. Para mí, el humor es regenerativo y revitalizante; la ternura siempre da profundidad y la posibilidad de mirar sin juicio; y la rebeldía, una invitación a no resignarnos. Me he servido de ellos para dar mayor verosimilitud al relato y como palanca para reivindicar el derecho a una vida digna hasta el último día. Con todo ello, he pretendido crear una historia real, como la vida misma.
Las sincronicidades tienen un papel destacado en la historia.
Absolutamente. De hecho, el propio proceso de creación de la historia lo ha sido: desde la idea inicial hasta el hecho de verla publicada, pasando por varias situaciones a medida que iba escribiendo. Si explicara algunas de ellas, la gente pensaría que me las estoy inventando. Pero doy mi palabra de que no es así. A menudo, la realidad supera la ficción.
Teniendo eso en cuenta, a lo largo de la novela aparecen situaciones y escenarios donde nada es exactamente lo que parece y donde se hace evidente que no todo sucede por casualidad. Creo que muchas personas se sentirán identificadas con esas experiencias.
Castelldefels y el entorno de Poblet están muy presentes en la ambientación.
Sí, son dos lugares que llevo en el corazón y que son profundamente significativos para mí. Por eso los elegí como fuente de inspiración, no solo como espacios físicos, sino como paisajes emocionales que acompañan a los personajes.
Déjame añadir que la foto de portada está tomada en Aiazo, una pequeña aldea del Concello de Frades, en la provincia de A Coruña, que es también muy especial para mi familia y para mí.
¿Qué te gustaría que el lector se llevara al cerrar el libro?
Una invitación a la reflexión íntima, a viajar hacia el interior desde una perspectiva sencilla pero muy potente: la humana. Si la lectura resulta interesante, agradable y deja alguna huella, el objetivo está cumplido.
Es tu primera novela. ¿Habrá más?
Eso espero sinceramente. Haber visto este sueño cumplido ha sido un regalo, y confío en que no sea la última historia que comparta.
Antes de acabar, me gustaría aprovechar para agradecer a Ferrán Ramón-Cortés su apoyo y colaboración a lo largo del proceso de escritura, así como el precioso prólogo que ha hecho para la novela.
Y muchas gracias también a vosotros por haceros eco de esta historia, que considero tan necesaria para generar mayor consciencia y dar calorcito a los corazones, más allá de quién la haya escrito.
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