Hubo un tiempo en que hablar de animación era hablar de Disney. La compañía impuso durante décadas un estilo, una forma, unos contenidos y una filosofía en prácticamente todo el mundo; todo lo demás era cine experimental (como el checo) o pequeñas producciones locales de ámbito mucho más restringido y, en la mayoría de los casos, reducidas al terreno del corto.
No sería hasta los años 70/80, especialmente con la llegada del anime a través de series de televisión, que este monopolio cultural comenzaría a no serlo. Series como “Heidi”, “Mazinger Z” o “Marco” mostraron que había otra forma de hacer dibujos y venderlos en cualquier parte.
Pero la verdadera, y diferenciadora, respuesta vendría de la mano del Estudio Ghibli, fundado en 1985 por Hayao Miyazaki, Isao Takahata y Toshio Suzuki. Desde su primera película, “Nausicaa en el valle del viento” (1985) ya marcó una nueva filosofía, un nuevo estilo visual y narrativo y una nueva temática: títulos como “El viaje de Chihiro”, “El castillo ambulante” o la reciente “El chico y la garza” hablan por sí solos. Poco después aparecerían en el mercado audiovisual las producciones de Aardman Animations, el estudio británico de stop-motion que revolucionó la animación con su genial Wallace&Gromit o las delirantes gallinas de Chicken Run; y tras ella, como no, la Dreamworks y su “Shrek”.
Pero el verdadero cambio vendría, hace ahora 40 años, con la fundación de Pixar Animations Studios y la aparición de ese genial flexo, de nombre Luxor Jr, que se coloca sobre la letra I de su anagrama. Aunque los fundadores fueran Edwin Catmull y Alvy Ray Smith, la verdadera alma del proyecto fue John Lasseter que daría forma al estilo artístico y a su primera obra “Toy Story”; después vendrían “Bichos”, “Monsters” y “Nemo”, todo un recital de ingenio y creatividad. Como ya sabrán, en 2006 Pixar pasaría a manos de Disney, una cuestión económica que amenazó con acabar con el estilo de la compañía pero no: de esa fusión saldrían “Cars”, la genial “Wall·E”, “Up” o “Inside Out”.
Y ahora nos llega “Hoppers”, que sigue manteniendo ese difícil equilibrio entre las películas universales Disney y los arrebatos creativos Pixar, una película que sabe combinar con naturalidad lo humano, lo animal y lo robótico, que despliega su ya característica animación impecable y que vuelve a ofrecer una obra dinámica, ágil, rica en su oferta e impecable en su tratamiento. Se trata de una historia de marcado noto ecologista que nos habla del eterno enfrentamiento entre el “malvado” que solo piensa en sus intereses (aquí en forma de carretera de circunvalación) y “la chica buena” que intenta salvar el espacio natural donde creció; todo ello echando mano de una tecnología que permite meterse en un robot con forma de castor (los hoppers del título) y comunicarse con el resto de los animales.
Una película trepidante, con notable sentido del humor, un guion bien trabajado y, como decía, una animación marca de la casa. De esas que encantan a los pequeños y dejan un muy buen sabor de boca en los mayores.


