Dos Caperucitas y un lobo bueno

Acabando agosto, viajé a Barcelona para mantener una grata costumbre: comer con mi editora, Amalia Sanchís, fundadora de in-VERSO, una editorial pequeña donde el diseño minimalista, la calidad del papel y la maquetación convierten cada libro en un objeto artístico. Vive en el paseo de Sant Joan, un lugar céntrico, pero a salvo del bullicio turístico que invade el centro. Frente a su casa hay una estatua ante la que tantas veces pasé de largo, pero ese día me acerqué impulsado por una curiosidad repentina y descubrí a «Caperucita Roja y al lobo», inmortalizados en bronce por Josep Tenas en 1921.
En esta obra, el artista dio un giro al mito: el lobo ya no es feroz ni amenaza a la inocente niña. La hija del escultor, Ramona, sirvió de modelo y en la escultura acaricia la cabeza del animal, resultando una escena afectuosa y pacífica en la que imperan los cánones artísticos de la Cataluña de los años 20, época que buscaba una vuelta a la serenidad y al orden. Esta estatua estuvo originalmente en los desaparecidos jardines Víctor Pradera antes de ser trasladada al paseo de Sant Joan.
Tras una larga sobremesa con Amalia, regresé a Castelldefels con la imagen de la escultura aún viva en la memoria. Al llegar a la plaza de España, me detuve de nuevo ante nuestra Caperucita. Yo opino que no es una réplica: es algo posterior, del mismo autor y con la misma niña de modelo, pero con sutiles diferencias que le dan su propia historia y el lobo muestra una actitud casi protectora. Reubicada el 7 de mayo de 1995 tras una reforma del arquitecto Joan M. Pascual, en toda la ciudad se la conoce como la «plaza de la Caputxeta». Esta caperucita es una vecina más que abraza causas sociales y tiene una presencia emocional y amigable en un espacio no dedicado a supuestos héroes.
Mención especial merecen los artesanos que nos las han transmitido en bronce en el taller de Gabriel Bechini, con un virtuosismo artesanal y un acabado detallista que garantizaban que el bronce aguantara el paso de las décadas conservando cada detalle de la piel del lobo y el manto de la niña.
Reparo en que los cuentos de los que proceden relatan hechos crueles y son una sucesión de horrores: nuestra Caperucita Roja, donde el lobo devora a la abuela y a la niña; Blancanieves; Cenicienta; La Bella Durmiente o Hansel y Gretel. En realidad, no eran literatura infantil, sino avisos colectivos dirigidos a la población en una sociedad marcada por hambrunas, mortalidades y bosques llenos de peligros reales donde el miedo cumplía una función didáctica clara.
Frente al acoso del lobo feroz de la tradición oral, descubro que Josep Tenas da otra lectura y escenifica un animal dócil, casi amigo. Las estatuas suavizan la parte más inquietante del cuento y, en el imperecedero bronce salido de los talleres Bechini, transmiten paz para siempre.

Nota aclaratoria
Una vez entregada mi columna de septiembre a la redacción de La Voz, al comentar su contenido con mis amigos Javier Clemente, Alfonso López Borgoñoz y Enric Ferrer —todos ellos conocedores de la historia de Castelldefels— me aseguraron que nuestra actual «caputxeta» no es obra de Josep Tenas, pese a su evidente semejanza con la de Barcelona. Según la información que ellos conservan, en 1947 existió una estatua de Enrique Rabot, y la figura que hoy ocupa la plaza desde 1995 sería obra de Fernando Molina Báez. Mi error fue dar por buena la información repetida en varios foros de internet que consulté, sin contrastarla con otras fuentes. Estos equívocos digitales se viralizan, se repiten y terminan por perdurar.

Prometo a los lectores una segunda parte de esta historia —que se anuncia más interesante de lo previsto— en la que entraré en la historia oral, mucho más fidedigna que un internet sin control y su brazo armado, que son las AI. Y, si es posible, intentaré corregir en la red esta cuestión, porque cuántos bulos y errores circulan y se aceptan como ciertos por el simple hecho de haber sido repetidos mil veces.